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La disyuntiva

Es altamente probable que este año acepten su inscripción.

No entiendo, sinceramente, no entiendo cómo es posible que ni siquiera se nos tenga en cuenta, al menos se nos pregunte.

Sí, es verdad, aunque no estoy seguro de que sea su obligación hacerlo.

Quizá no lo es, pero aún así deberían, al menos informarnos, conocer nuestra opinión. Pensá que sólo lo sabemos porque Don Radiopasillo lo quiso, nada más, nadie oficializó nada.

Una reunión no hubiera estado de más, a mi mucho en realidad no me afecta, pero entiendo tu posición.

Me enoja terriblemente pensar que nos enteramos de casualidad, entendés que nos exponen sin pensarlo dos veces. En mi contrato de docente no dice nada de “tratar con presos”. ¿No se supone que lo capaciten a uno para esas cosas, no debería ser una elección?

Mercedes: no está preso, ese es el punto. Según la ley, el tipo ya pagó, quiere empezar de nuevo estudiando.

La ley es pura mierda, ya lo sabemos. Yo no puedo ejercer poder sobre alguien con ese antecedente, no podría ser objetiva. Peor aún no saber quién es, me conozco.

Sí, es complicado, vas a estar tratando de identificarlo, en alerta, algo más de lo que preocuparse. No está bien.

No está nada bien, en pos de los derechos a “reivindicarse” se cagan en mis derecho a rehacer mi vida, me costó un huevo salir de ese infierno y ahora esto.

Mercedes, no todos saben… No lo hacen a propósito, quizá si supieran, si hablaras con las autoridades.

No, no es justo. Mi única opción es renunciar ¡No es justo! El tipo violó, ¿entendés? No robó, ¡vio-ló! ¡Es un hijo de puta! No merece nada, menos cagarme la vida a mí.

Era un pendejo cuando…

Cerrá la boca en este instante por favor. No puedo creer que pongas una palabra a su favor, vos que sí sabes, no podés… ¿Qué me queda esperar de los demás?

No seas boluda conmigo, calmante y no me malentiendas, no es él el que te atacó, Mercedes. Ese tipo no sale más porque está muerto. Muerto y bien enterrado.

No tiene derecho.

Hablalo con las autoridades.

Nunca quise que lo supieran y no quiero ahora, no quiero lástima ni compasión de nadie. La puta madre, ¿por qué, Sergio, si todo iba bien?

Y sigue yendo bien, no cambió nada, no hables como si todo hubiera vuelto atrás. Lo que hiciste, lo que ganaste, lo que aprendiste sigue ahí. Esta es una más por la que pasar, tranquilizate, busquemos opciones.

Llevo doce años en ésta cátedra, que busque él las opciones, en el infierno si puede.

No ganás nada así de ciega, hay que pensar, pensemos.

Perdoname, no tengo espacio en la cabeza para pensar, tengo miedo, Sergio.

Hablalo con las autoridades te digo, haceme caso, yo te acompaño. No es lástima lo que pedís, solo opciones, es más que comprensible. Además, no podés ir renunciando a las cosas que ganaste cada vez que aparezca una situación de estas. Obvio que no va a suceder todos los días, pero aún así no me parece que renunciar te vaya a hacer bien.

Qué mierda todo esto, qué putísima mierda.

Tomate esta semana para bajar un cambio, todavía tenemos al menos dos más para plantear las cosas.

Sí, tenés razón, pero creo que voy a empezar a buscar laburo en otro lado, alguno menos expuesto.

Monja de clausura.

No me jodas.

Okey, no hablemos más del tema, hoy ya no.

Aceptaron la inscripción nomás.

Sí, ya se, me enteré ayer.

No me dijiste nada.

¿Qué cambia?

Nada, qué sé yo. Prepararme.

Ya sabías que era probable desde la semana pasada, no creo que un día cambie lo que sentís ni cuánto te afecta el tema. ¿Decidiste algo?

Nada, estoy igual. No puedo decidir.

Ya lo sé. No quiero que pases otra vez por todo esto. Pedí que te cambien de cátedra.

Có… no… ¿Por qué?

Porque te veo, porque te cuido. Bajá la guardia, este año nomás. El que viene si querés volvés, te lo prometo.

¿Con quién hablaste? ¿Cómo lo justificaste? No habrás mencionado…

No, nada, sabés que no haría algo así. Pero vos no podés decidir, me lo dijiste, y yo lo veo.

¿Aceptaron?

Sí, no pusieron ninguna traba, les pareció bien.

¿Cómo? Hace años que soy la asistente de tú cátedra, ¿no preguntaron nada? No te creo. Les dijiste…

Que te quiero y que estoy confundido, que no te quiero como mi asistente por un tiempo. Hasta aclarar lo que siento, y que por supuesto vos te mostraste de acuerdo.

¿Qué decís? Estas en pedo, vos y yo no…

Lo que oís, lo que sabés. No te expuse, quedate tranquila. Andá a hablar con Jorge, vas a trabajar con él este año.

MTL

Los higos

Hugo Belmore era arqueólogo y jamás hubiera imaginado en sus comienzos que la tarea más importante de su vida iba a ser, en gran medida, inversa a todo lo que hasta entonces había hecho. Más aún, que cualquier arqueólogo había hecho.

El Proyecto HIGO había comenzado hace algunos años, un tiempo después de que la humanidad supiera con certeza que el fin de sus días sobre la tierra era real e ineludible. Ante la noticia, algunos sectores de la sociedad —mayormente científicos— habían emprendido una carrera que, paradójicamente, pretendía alejar la meta, tratando de dar con el milagro que los salvara del desastre. Después de todo, los milagros de la ciencia siempre habían sido caprichosos en sus apariciones, por qué resignarse justo ahora.

Otros sectores menos optimistas, como los del proyecto HIGO, comenzaron a preparar su despedida de manera metódica. El resto de los mortales —condición importante en este caso— optaron por seguir con sus vidas tal y como venían, alterando levemente sus metas a largo plazo; pero en general se mantenían haciendo girar la rueda, incrédulos o tal vez con una leve esperanza de que este fuera otro de los tantos anuncios fallidos a lo largo de la historia.

La comunidad del proyecto HIGO estaba dispersa alrededor del mundo, en particular Hugo era director del área que él denominaba “Antiarequéologos” (nombre oficial HIGO-ARCH-07), cuyo propósito era el de crear un mensaje que pudiera contar la historia de la humanidad —o al menos lo importante— a futuras, desconocidas e hipotéticas generaciones de seres, tal vez, humanos. Ese era, según tenía entendido Hugo, el objetivo de prácticamente todas las áreas de relevancia del proyecto —salvando las administrativas o de soporte— sólo se diferenciaban en el modo particular de implementación del mensaje.

Los arqueólogos y antropólogos, usaban su experiencia y conocimientos con el fin de lograr un mensaje basado en símbolos representativos que hablaran por sí mismos, tales como los que les habían revelado historias de civilizaciones pasadas. Eligiendo un símbolo por sobre otro, frecuencia de repeticiones, posiciones relativas entre símbolos, calculando la entropía, etcétera. Grabando y pintando con herramientas sofisticadas, pero sin distar en su esencia de las viejas pinturas rupestres.

Hugo sabía que algunas de las áreas de ciencias exactas, computacionales e ingenieriles estaban abocados a la creación de un mensaje multimedial, de larga duración física y autoreproducible. Pero, a decir verdad, esa implementación no le causaba interés, ya que en el mejor de los casos las estadísticas indicaban que la vida podría volver a desarrollarse en algunos millones de años, y no tenía noción de ningún dispositivo de esa índole que pudiera operar de manera contínua y sin intervención por más de cien años.

La que si despertaba su curiosidad, era cierta área biológica (HIGO-BIO-05), de la que se comentaba era la que daba nombre al proyecto HIGO. No había tenido tiempo para ahondar en sus detalles, pero sabía que su implementación estaba basada en la conservación de alimentos. En pocos términos: se abocaban a las estrategias de conservación de todo tipo de alimentos, contando a través de ellos el grado de desarrollo de la sociedad. Su director era un biotecnólogo Argentino, Francisco Ranquel, hombre paradójicamente antisocial, que no profesaba ningún otro amor más que a su propio trabajo. Hugo había tenido oportunidad de observarlo en las convenciones anuales, en las que directores y altos mandos exponían el grado de desarrollo de cada área o su inminente discontinuación. Francisco había demostrado sentirse impaciente y poco a gusto, incluso no hacía prácticamente esfuerzo en explicar los avances de su implementación y se retiraba sin participar de las actividades sociales programadas en cada evento.

Hugo intuía que había algo más bajo la actitud de Francisco, algo oculto, tanto por sus omisiones y silencios, como por la decisión de los altos mandos con respecto a su área. En general, a cada director se le demandaban avances notables y reportes muy claros con el fin de otorgar nuevos recursos, o incluso sostener los existentes, a excepción de Francisco. Con él, la relación tendía a ser más bien una exigencia fingida por ambas partes.

Con el fin de evitar que intentos desesperados de último momento arruinaran alguna de las implementaciones, se había acordado que la fecha de cierre del proyecto fuera tres años anterior a la del catástrofe principal —había catástrofes menores y aún peores previstas, pero estas últimas eran posteriores a la que estimaban, acabaría con la vida humana sobre el planeta—. Además, era el tiempo mínimo y necesario para ubicar físicamente los resultados del proyecto en los refugios. Para ello se habían dispuesto dos lugares: uno de ellos un gran hueco en la placa tectónica más antigua y rígida de la Tierra, el otro, una cápsula espacial que orbitaría alrededor de la Tierra, y tal que soportaría un eventual descenso millones de años en el futuro. Eran dos apuestas, en el mejor de los casos ambas cumplirían su propósito, en el peor… todo habría sido en vano. Nunca lo sabrían.

La penúltima convención se acercaba, y con ella el fin de mucho más que un proyecto científico. Ni toda la imaginación de Hugo podía concebir lo que estaba a punto de vivir. Concentrado plenamente en mostrar con satisfacción, si es que uno puede estar satisfecho de su testamento, los resultados de su implementación, siquiera notó el cambio geográfico de la próxima convención hasta unos días antes de partir, momento en que observó el rótulo “Argentina” en sus pasajes. En ese preciso instante recordó a Francisco y supo que su intuición era correcta, algo iba a pasar. Las presentaciones habían sido itinerantes, pero los últimos tres años Estados Unidos había sido la sede (algunas cosas nunca cambian, ni en el fin de los días). El cambio hablaba por sí solo.

El avión partió de París, con destino final en la provincia de Chubut, Argentina. La ciudad era otro de los cambios que hablaban por sí mismos. La última vez que la convención visitó Argentina, Capital Federal había sido el lugar elegido y lógico.

Luego de Gaulle en París, Schiphol en Amsterdam, Ezeiza en Argentina, un transbordo en autobús de una hora hasta el aeropuerto de vuelos de cabotaje, y otras tantas horas más de vuelo, aterrizaron finalmente en el aeropuerto General Mosconi, en la ciudad de Comodoro Rivadavia. Sin embargo, y para que las sospechas cobraran más cuerpo, el viaje no concluyó ahí. Hugo, y otros miembros que viajaban con él, abordaron varias camionetas doble tracción y se pusieron en marcha hacia la ciudad de Trelew, que tampoco fue el destino final. Desde Trelew tomaron por la ruta que el GPS indicaba como número veinticinco, luego la ruta cuarenta y luego sencillamente estaban en el medio de la nada. Hugo sabía que se habían dirigido hacia el este, hacia los Andes; pero en algún punto de la ruta cuarenta, las camionetas comenzaron a adentrarse por caminos de ripio, sin señalización. Hugo estaba en “cul dans le monde”.

El cansancio cobró su precio y Hugo dormitó hasta el momento de llegar. Cuando el ruido de las puertas ofició de alarma, se sobresaltó y bajó entre apurado y dormido, tambaleándose. La tarde estaba cayendo, las instalaciones que divisó tenían un estilo militar, rodeadas de alambrado, aunque sin guardia visible. Ubicadas al pie de un cerro, rodeadas de un paisaje árido, estéril. Qué más oportuno que semejante visión para una convención acerca del fin de los días —pensó Hugo—. Unas decenas de casas, otras tantas casas rodantes y un monumental edificio central eran lo único que cortaba la monotonía del paisaje.

Le asignaron una de las casas de material, que compartiría con dos de sus compatriotas, que habían arribado con él. A pesar del cansancio, Hugo hizo poco más que dejar sus pertenencias en su habitación, y refrescarse la cara. Luego sin siquiera cambiarse de ropa, se dirigió al edificio central.

El lugar resultó ser sumamente atípico, nada que pudiera esperarse de un lugar dedicado al estudio de la conservación de alimentos. Alrededor del edificio brotaban turbinas del suelo pedregoso, algún sistema de ventilación tal vez —pensó Hugo—. Una escueta puerta de entrada y una franja continua de vidrio incrustados a unos tres metros de altura, eran la única interrupción en la inmensa pared gris que amurallaba el edificio central. Una construcción tan estéril en su estilo como el propio paisaje que la envolvía. Cuando atravesó la puerta de entrada, se encontró con una pequeñísima recepción semicircular y vacía. Tres pasillos partían de ella, equidistantes formando un abanico, dos de los cuales estaban sellados con puertas metálicas y sistemas de seguridad biométrica. El tercero no tenía puerta y se encontraba desierto e iluminado en su extensión.

Ante la ausencia de personal en la recepción, Hugo avanzó por el único pasillo posible. Las primeras puertas que daban al pasillo se encontraban cerradas, la mayoría con nombres propios rotulados en ellas. Era claramente un sector de oficinas. A unos seis metros de la recepción, una ínfima filtración de luz escapaba de una de las puertas. Cuando llegó a ella, observó la inscripción “Patricio Sereno” en ella. No reconoció el nombre, pero aún así decidió llamar a la puerta. Para su sorpresa, una voz de mujer respondió:

¿Yes?

Hugo empujó la puerta tímidamente y allí la vio, en su guardapolvo blanco, el pelo atado y los ojos encarnados en un microscopio del que no se despegó ante su interrupción. Hugo comenzó a presentarse en francés e inmediatamente recordó el “¿yes?” por lo que quiso recomenzar su presentación en inglés, pero su reacción lo silenció. Ella despegó su cara del microscopio inmediatamente y lo miró inquisitiva, interrogándolo en francés:

¿A quién está buscando?

Hugo vaciló y explicó que a nadie, que acababa de llegar de un viaje eterno y estaba ansioso por la convención, así que decidió recorrer las instalaciones hasta llegada la hora de la primer conferencia. Ella se quedó en silencio unos segundos, y luego se presentó:

Soy Amelie, física experimental, permítame acompañarlo a la sala de convenciones.

Se dirigieron al fondo del pasillo, lugar en que una puerta doble le daba fin. Amelie la abrió y encontraron a varias personas acondicionando una gran sala anfiteatro, ninguno les prestó atención al ingresar. Amelie le explicó que la convención daría comienzo en esa misma sala, dentro de unas cuatro horas y que hasta entonces convenía que se limite a recomponerse del viaje.

Todos tenemos muchas expectativas —comentó. Pero no fue más allá a pesar de que parecía querer hacerlo. Volvieron por el pasillo hasta la puerta de entrada, y se despidieron sin mucho más.

Cuatro horas después el panorama era completamente diferente. La recepción estaba saturada, así como el pasillo que daba al anfiteatro. Hugo reconoció algunas caras, se acercó a saludar, y luego se quedó apostado contra una pared, esperando se abriera la puerta doble. En eso Amelie se acercó a él sonriendo, era linda por cierto. Lo tomó del brazo y con un sincrónico movimiento de brazo y cabeza le indicó que la siguiera. Pasando por entre el resto de los científicos en el pasillo, llegaron a la puerta doble. La persona que impedía el ingreso la miró sonriendo y luego de un breve intercambio en español, en el que Hugo solo reconoció su nombre, el guardia le entregó una tarjeta inscripta “Dr. Hugo Belmore” —Amelie ya tenía la suya puesta— y con un gesto le indicó que se la colocara en la solapa. Luego, frente a la curiosidad del resto del pasillo, ingresaron al anfiteatro.

Francisco cree que su implementación puede ser tremendamente valiosa —dijo Amelie para iniciar su conversación, mientras lo llevaba hacia los primeros asientos frente al escenario.

No sabía que estuviera interesado en el mensaje escrito, ni en ninguna otra implementación.

Mientras se sentaban, ella sonrió como quien ansía contar un secreto y sólo juntando los dientes puede retenerlo. Luego comentó:

Sí, Francisco, puede dar esa impresión, pero creo que en unos minutos usted va a cambiar de opinión.

Sé que hay algo más que la conservación de alimentos.

Sí, lo hay, solo que hasta hoy no tuvimos la oportunidad, ni la aprobación para comunicarlo.

¿De qué se trata?

De eso, de conservación. ¿Han logrado finalizar su implementación?

Hugo comprendió que no iba a obtener más respuestas.

Estamos en la fase final de pruebas, exponiendo el mensaje a seres humanos sin conocimiento previo de su contenido ni de su fin. Los resultados han sido en general favorables. Encuentran algunos patrones, identifican la utilización del color. ¿A qué se dedica usted?

Mmm… Podría decirse que soy una especie de especialista en materiales de alta duración.

¿Envases para alimentos?

Esta vez Amelie no pudo aguantar la risa.

Sí, algo de eso.

El salón se llenó en pocos minutos, las luces se atenuaron y en el escenario se encontraba Francisco Ranquel, implacable como siempre, junto a dos miembros del directorio principal del proyecto. La expectativa era realmente inmensa, tanto que tomó unos cuantos minutos evaporar las murmuraciones en el anfiteatro. Uno de los miembros del directorio tomó la palabra, dando un clásico discurso de apertura. Acto seguido, cedió su puesto a Francisco quien, por primera vez en todos los años del proyecto, comenzó su discurso en un correcto inglés:

A estas alturas todos habrán notado ciertos contrastes con respecto a convenciones pasadas. El más notable tal vez sea nuestro punto de encuentro. Comenzaré diciendo que es efectivamente aquí donde hemos investigado y concluido nuestra implementación, cuyos resultados no son trasladables a otros emplazamientos para su observación y discusión, de ahí la elección. Aclarado el motivo de sus agotadores traslados, quiero proceder a eliminar cierta hipótesis que entiendo, están manejando algunos de los aquí presentes, con el fin de que posteriormente puedan prestar toda su atención a lo expuesto.

Nada de lo que verán en el día de hoy atenúa nuestro fatal destino. La ligera hipótesis de que estamos conservando alimentos para subsistir tanto como sea posible a la catástrofe es nula. No ha acontecido ningún milagro en este establecimiento, o al menos no ése tal que sus humanas esperanzas albergan. —Las murmuraciones comenzaron y se disiparon inmediatamente.

Fui criado en esta tierra por mi abuela, una persona de sencilla y fundamental sabiduría. Ella me enseñó el método de conserva de muchísimos alimentos a lo largo de mi niñez y adolescencia. Métodos que inspiraron muchas de mis posteriores investigaciones en el campo de la biotecnología. Mis favoritos siempre fueron los higos secos, podrán ahora deducir sin error, el origen del nombre de este proyecto. Es mi pequeño homenaje hacia ella. —Francisco se permitió una leve sonrisa y prosiguió—:

Debo reconocer que ante la noticia de la certera catástrofe que nos espera, mi egoísta y primigenia idea, fue la que acabo de anular hace instantes. Conservar y sobrevivir. Sin embargo, luego de un concienzudo análisis entendí que las chances eran escasas, no nulas, pero tremendamente escasas por motivos que discutiremos más adelante. Luego de algún tiempo de desesperación y posterior resignación surgió una segunda idea. Una idea que rozaba lo imposible, pero no lo tocaba. Una idea que no me dejó descansar de ahí en más: ¿sería posible la conservación de la vida? —Nadie comprendió a qué se refería hasta que se encendieron las pantallas a su espalda—. Lo que observan se encuentra justamente debajo de nosotros, algunas decenas de metros por debajo.

Dejó unos segundos sin decir palabra, para dar paso a la contemplación mientras las cámaras que enfocaban el extraño lugar, realizaban un recorrido dirigido por un control en la mano de Francisco.

Hugo entendía, pero no creía lo que veía. Cientos de pequeñas ¿momias? se encontraban archivadas en tecnológicas cápsulas quizá ¿metálicas? Giró la cabeza en un reflejo de su asombro, para constatar que seguía allí realmente, vio que a Amelie lo miraba triunfante, expectante. Hugo no podía hablar. Todavía tenía que comprender las repercusiones, sólo balbuceaba.

Francisco elevó su tono de voz por sobre el ruido, ya no murmullo, que se despertó en la sala:

Lo que ven no es nada menos que nuestra mejor apuesta a la supervivencia de la especie humana. No nuestra supervivencia, no ahora. Sí quizá dentro de cientos de años. A partir de aquí sus respectivas implementaciones tienen un destinatario común, menos hipotético del que originalmente se planteó como consigna. Cada uno de ustedes está construyendo un mensaje para nuestros “humanos en conserva”. Claro está que a diferencia de las conservas de alimentos, estos seres que observan se encuentran en un estado de vida latente…

Y la voz de Francisco se diluyó en el estruendo de la exaltación. Hugo solo atinó a levantarse en respuesta automática al tirón de brazo que recibió de Amelie. Ambos caminaron hacia afuera del edificio, abriéndose paso entre el caos del debate, entre las palabras inmoralidad y salvación. Atravesaron el hospitalario pasillo hasta llegar a la puerta de salida, dejando atrás todo el sonido. Para entrar en el paisaje más estéril que Hugo hubiera visto. Tan irrealmente estéril. Amelie sólo lo contemplaba en silencio, ella ya lo sabía. Hugo preguntó lo único que le vino en mente:

¿Metal?

Roca —respondió ella.

Hugo sonrió, su testamento tenía un posible heredero.

Certeza

Un enmudecimiento proporcional a la impaciencia creciente. Retumbando en tu cabeza, junto a esa sensación, a esa certeza, que te indica que hay un solo camino y que es inminente tu andar en él, y que no hacerlo consuma tu peor condena, la propia. Los años, las normas, lo aprendido apretando los dientes intenta colarse, detenerte, llevarte a la buena senda, a esa por la que venías silbando bajito y con el estómago revuelto. Ya no más, lo sabés, abrís la puerta, juntás algunos de tus años en el bolso y sin decir más te desvanecés para siempre de ese mundo probable.

Otoño

Estos son los días en que la intensidad de la incertidumbre, ésa incertidumbre de la existencia misma, te hace temblar la mandíbula como en un día de invierno patagónico. Pero no como reflejo de la impotencia que sentiste tantas veces, esta vez temblás porque estás frente a la respuesta inminente. Temblás porque vislumbraste tu verdad, muda entre los retazos de realidad que pudiste juntar y contemplar durante el tiempo suficiente. Pero aún no la podés definir, se esconde, como si jugara entre los dobleces de un telón de teatro viejo, denso y obscuro. Por momentos ves su sonrisa y se diluye, ves su hombro escapando en otro doblez, y una pierna más allá; pero nunca completa, casi, pero aún no. En un segundo te sofoca la idea de volver a perderla, pero sabés que el orden de causa y efecto no es el evidente, sentir que se va es la mismísima causa de que efectivamente lo haga y no al revés como solías creer. Ya pasaste por esta vereda varias veces, así que esta vez te detenés y te sentás en el banco de la plaza, en una tarde de otoño de mil colores, soleada y fresca. Y te quedás ahí hasta que las hojas, entre rojas y amarillas, te cubren y te hacen invisible pero latente. Te dejás llevar, esta vez te dejás llevar. Ella pasa frente a vos, te presiente, gira en sus talones despacito, y observa el cúmulo de hojas que te tapizan, siente tu olor y esta vez es ella la que te busca, te encuentra y te besa profundo.

Hiroshima

Se avecinaba el próximo aniversario y Carla estaba inquieta. Se cumplía otro año y según la norma, a estas alturas deberían ser al menos tres, pero seguían siendo dos. Alex había sido contundente al respecto en un par de oportunidades: la producción de gírgolas era su prioridad hasta en tanto lograra hacerlo de manera sostenida durante todo el año.

Carla sabía que una decisión unilateral era posible pero que podía comprometer su, hasta ahora, bien construida felicidad. No es que todo haya sido siempre fácil, pero la balanza de las concesiones se había equilibrado en cada tambaleo. Sin embargo, esta vez, Carla dudaba.

En el peor de los casos ella podía hacerle frente sola, siempre tuvo sus propios ingresos y cada uno respetaba hasta cierto punto la autonomía del otro. Después de todo el tiempo pasaba para los dos, pero siempre corrió más rápido para ella.

Luego de algunas consultas la decisión estaba tomada. No quiso discutirlo con Alex, esta vez no. Sabía que sus argumentos podían fallar, así que simplemente evito pensar en el tema y avanzó hacia la meta con los oídos y ojos cerrados para siquiera escucharse a sí misma.

Dos meses después todo estaba resuelto, y llegó el día de comunicarlo. Carla se dijo “a lo hecho pecho” y se dispuso a preparar todo para la cena. Alex le había dejado dos bandejitas con gírgolas en la heladera. Las milanesas con gírgolas a la provenzal y papas españolas eran su plato favorito y para las siete de la tarde estaban listas. Salió con rumbo a la heladería, caminando despacito, dilatando la vuelta a casa, quería ser la última en llegar.

Una cuadra antes de su puerta se sintió agitada, como si hubiese vuelto al trote. Se acercó regulando bajito. Caminó hasta la entrada, respiró hondo, abrió la puerta y los segundos se ensancharon eternos.

Alex gritaba en el celular, sobre la mesa un sanguche de milanesa con gírgolas a medio comer, en el piso Juan desparramado e inmóvil. Las llaves del auto cayeron de la mano de Carla junto con el helado. Se abalanzó sobre Juan. Su hijo de diecinueve años perdía el pulso en su cumpleaños. Cinco segundos después Alex lo arrastraba hasta la puerta y Carla encendía el auto que había dejado en la vereda para sorprenderlo, sin atinar siquiera a arrancar la hoja a4 con la inscripción “¡Feliz cumple Juan! Te quieren, papá y mamá”.

MTL

Palo

Pichicho siempre fue así, al menos desde que tengo memoria, y eso es casi lo mismo. Tiene la mirada clásica de los pichichos como él, esa que te deja claro que no entendés nada y que él lo sabe todo. Su misterio más grande es el Palo, que se escribe con mayúsculas porque para mí tiene historia propia. Palo vive en la cucha y sólo sale cuando Pichicho quiere. No sé bien quién le enseñó el juego de buscar el palo, no fui yo, pero le encanta. Me pregunto si será un gen palístico en los perros, uno que se despierta ni bien alguien les ofrece revolear un palo.

La cuestión es que no siempre jugamos con Palo, sólo cuando Pichicho quiere, el resto del tiempo elijo víctimas ocasionales. Y digo víctimas porque, sin excepción, los palos en minúsculas no sobreviven al juego. Es su rito, al final, cuando me harto de revolearle el palo, se echa sobre su panza y los mastica hasta pasarlos de palos, a palitos inservibles. ¿Será que Pichicho tiene miedo que Palo se ponga celoso de algún otro palo y finalmente lo abandone?

Pichicho y Palo son la evidencia de lo insondable que es el mar de los misterios terrenales. Para qué empeñarse en buscar respuestas, si no comprendo por qué Palo comienza con mayúscula.

Habia una vez…

Hansel y Gretel  aparecen en cualquier esquina de Praga, también algún que otro brujo y princesa, algún caballero armado del mediohuevo y trescientos-mil turistas de todo el mundo (argentos un montón). La sensación es de caminar por las hojas de un cuento medieval.

Los primeros pasos fueron por las paginas culinarias. El primer día llegamos pasadito el almuerzo y olfateamos el primer restaurante con olor y sabor checo, cerveza en mano hicimos los honores a todos los reyes, príncipes y gnomos. Diría que como vikingos, pero seria geográficamente inapropiado.  Los coordinadores querían mantener bien alimentada la comitiva para lo que se venia.

Pagina dos del cuento: salimos al trote (unos 15 minutos a pie) para alcanzar el free tour  (si gratis y excelente) de New Europe que arrancaba a las 10am en la plaza principal del centro antiguo (la del reloj loco de la fotos). Ahí el caballero Josef (checo que habla español) nos subió a todos a su caballo y arrancamos el recorrido. Como verán, las damiselas y caballeros ZDQ prestaron atención de cabo a rabo a cuanto chamuyo soltó Sir Josef.

Paseamos por los principales lugares del barrio antiguo incluyendo el barrio Judío y terminamos desparramados en el pasto extenuados y felices sobre la orilla del rió Vltava.

Praga es la ciudad de la Bohemia, donde astrónomos, alquimistas, bohemios abundan, sera por eso que nuestra percepción luego del paseo había aumentado ampliamente y todos teníamos un pensamiento común que no fue preciso describir con palabras: necesitamos una siesta.

Pagina tres: luego de la siesta los caballeros y damiselas ataviados en sus mejores vestidos y armaduras retiraronse al Museo Nacional a escuchar un concierto de música de cámara, con un repertorio apto para cualquier no entendido (como quien escribe) y algo mas que no figuraba en el plan: Oblivion de Piazzolla como bonus track (nudo en la garganta).

Salimos felices y no comimos perdices, pero si un par de platos checos previo a retornar al hotel a por un nono reparador. En el camino las QL revolearon la chancleta en la zona roja, habia que pagar la comida vio (el hotel esta en una zona de cabarés  -ojo de los top- :P).

Me retiro a mis aposentos y los dejo con las fotos que evidencian el buen estado de la comitiva.

Un abrazo gigante.

MTL

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PD para mis hermanas: las fotos del avión las tomo mama y como no podía ser de otro modo descubrió una mina a cielo abierto :P.

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